Atardecer en Monpás

Anti Juan Salvador Gaviota

Atardecer en Monpás

Al atardecer todas las gaviotas vuelven a Monpás. Todas, menos una.

Juan Salvador sentía que la vida era más que vivir con la bandada en el acantilado y luchar por la comida. Sentía que volar servía para más que para solo planear en busca de peces o carroña de los barcos. Sentía que una gaviota estaba destinada a algo más que comer, procrear, no cuestionarse y ser uno más en la bandada.
Miguel Rizador Gaviota, se vió cautivado por las ideas de su amigo. Le gustaría ser como él y empezó a decirse esas mismas cosas sobre el propósito de la vida, pero no lo sentía. Pensaba que estaría muy bien sentirlo y para ayudarse a creérselo, empezó a mirarse a sí mismo con misticismo y a calificarse con grandes conceptos. Esos que son intangibles y sobre todo no mesurables por el resto de las gaviotas. Miguel Rizador Gaviota se decía poseer más dimensiones, se describía con una sensibilidad rozando lo divino y juzgaba a sus iguales como gaviotas huecas, temerosas de su realidad y de soñar. Su se dividía entre lo que era y lo que quería ser.
Lo que no parecía percibir Miguel Rizador era que mientras Juan Salvador luchaba por mejorar y aprender sin pretender dar lecciones a nadie, él era uno más en la bandada preocupado por el qué dirán y sintiendo en el fondo que lo que quería era una vida simple que su personaje y anhelo negaban, proponiéndose como una gaviota superior a las demás. Se convertía en lo que en realidad era: la vida de una gaviota que se relaciona con sus iguales, que sacia sus necesidades básicas y es aceptado por los demás.
Su personaje de divo le alejaba de su esencia sin él reconocerlo.
Juan Salvador alcanzó el cielo de las gaviotas mientras que Miguel Rizador siguió en el acantilado, donde murió como una carroñera creyendo que era la esencia intangible de la Gaviota pura.

Vida Sencilla

Menú de colores

El contacto con lo humano sin escaparates.

Paro a preguntar por la panadería y en el bar me dicen que está cerrada hoy. Me quedo a comer en Villa María. María es una señora mayor y hastiada que escribe el menú del día con rotuladores de colores. Busdongo es un pueblo de montaña, de personas sencillas, recias. Ella me dice que aprovecha los rotuladores, que se le secan y los quiere aprovechar. “Puede llamarle ‘Menú de Colores’“-le digo, y por primera vez levanta la vista para posarla en mis ojos. Sonríe. “Siempre, toda mi vida me han gustado los colores“-me devuelve ya con ternura. Sí. Le gustan los colores. Se quita el delantal y bajo él hay una florida camiseta, una falda por debajo de las rodillas y unos zuecos modernos de color naranja.

Como puerros con cabrales (que no da tanta risa) y fabada. De postre arroz con leche y un café.
Hablamos de pan, de masa madre y toma mi receta. “Seguro que lo haré antes que tarde“-me confirma-“le diré cuando regrese cómo me ha salido

Regresaré.

Un tipo normal

Su vida era la de una persona media, en una familia media y una ciudad media. En algún aspecto podía salirse de esa mediocridad, pero en su media, era claramente un tipo normal.

Fred dejó de ser normal

Al nacer cayó en una familia normal. Era la que le había tocado y a veces se sorprendía de las excentricidades de las otras familias del vecindario. Había algunas familias con dos padres. Otras con sólo un hijo. También las había que profesaban religiones exóticas y distintas a lo común. ¡Había hasta familias de personas sin hijos y algunos tenían sus casas en propiedad! Unos excéntricos, vaya, minoría en el barrio.

Su escuela era normal. Una normal escuela de barrio con 2 ó 6 alumnos por curso que, con normalidad cerró y mandó a los 8 niños a otra escuela normal de otro barrio donde había más niños. Estudiaba poco y jugaba mucho. Lo normal.

Su ciudad era normal. Tenía mar, calles limpias, gente pulcra y normalmente estirada. En la ciudad todo era normal. Desde los altos precios de los servicios públicos, así como los privados. Los ciudadanos, en un alarde de normalidad, los pagaban así, con normalidad. Eso era lo normal.

Así pues creció nuestro amigo. Se empapó de lo normal y común que es la vida. Y la vida le hizo viajar y al viajar empezó a ver que lo que él creía normal, para otros era especial, espectacular, sublime, insoportable, soso, amargo… Nunca normal. Fue cuando pensó: “¿Será que lo que yo pensaba que era normal no lo es?”

Fred era una rana macho que fue introducido en una probeta. El experimento consistía en calentar el agua poco a poco hasta llevarla a ebullición. ¿Qué haría Fred? Fred murió cocido. Todo iba siendo normal para él y cuando se dio cuenta de que algo no lo era, ya fue demasiado tarde. Murió cuando certificó que lo normal no era lo mejor para él.

Descansa en paz Fred.