En el confesionario

Ave maría purísima

Sin pecado concevida. Dime hermano, ¿Qué pecado debes confesar?

Padre, confieso que he pecado. He llevado a mi hija la Princesa payita Amidalaguala a ver a los patos de la plaza Gipuzkoa y le he arrancado hierba para que alimentase al cisne (que come hierba y no pan).

Hijo, eso no está mal. La hierba crece y a tu hija le eseñan caridad con el prógimo.

Ya padre, pero los otros niños no lo sabían y en cuanto me han visto se han metido en medio y no me han dejado colocarme otra vez en primera línea y mi hija no a podido tirar hierba a jodido cisne caprichoso.

Hay que contenerse hijo. Esa lección es positiva para ambos.

Sí claro, pero usted, que es célive (¿¿¿¿verdad????) no sabe lo que es la cara de tristeza de una niña. Así que Padre…

Sí hijo (a su pausa, no a su pregunta mamón)

Pues que me he tirado a enseñar a mi hija a asustar palomas. Y asustábamos a las que paseaban, comían y hasta las que estaban en pleno cortejo… y Padre…

Si hijo.

No vea la cara de felicidad de mi hija, que me miraba con un solo ojo por llevar el parche en el otro. Ella decía «buh!» muy bajito y con media boca y yo zarandeaba un brazo mientras sostenía a mi princesa en el otro, para que esas ratas aladas echaran a volar… ¡Qué bien lo hemos pasado con el sufrimiento ajeno Padre!

Ya veo, ya…

Y si, he de reconocer que hace unos días reproché a otra «niña» su actitud de asustabichos… Soy un pecador. Un jodido pecador. Un satiefecho pecador y sabe qué?

Que hijo?

BUUUUUUUHHHHHH!!!!!!!

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