Sigo viéndote entrar con tu gorro de lluvia por la puerta del bar, querido Rafa. Escondiendo tu mirada entre la minúscula ala de ese sombrero de otra época y los cuellos de tu impermeable, también de otra época. Acercándote a la barra, sacudiéndote el agua, tu saludo y esa copa de vino que siempre acompañaba una conversación.
Recuerdo tus noches con Pedro. Debatiendo de filosofía, música y lo banal de la modernidad. Esas argucias populares y efectistas de la música popular de las que te mofabas.
Rafa Berrio en el Geralds Bar -2016-
No olvido cuando regalaste tu guitarra eléctrica a aquella niña que te idolatraba… y sin poder hacerla sonar, te la colgaste al cuello y el aura de ese artista que siempre has sido llenaba el bar.
Compartí un escaso tiempo contigo y sin embargo lo siento tan vivo en mí.
Te vas y yo, nosotros, ya te añoramos.
Que la eternidad te sea leve y que dejemos de vivir esta vida como si un Simulacro se tratase.
La Clasterfobia es una cosa muy mala que le da a la tía de mi hija. Sí, a mi hermana, y lo descubrimos hace ya casi 4 años y es que mi hermana necesita salir, estar fuera, andar y andar… y cuando no puede, y cuando tiene que compartir casa, por muy a gusto que esté, las paredes se le vienen encima, el techo se le cae y el aire se vuelve denso y caliente.
Así es la Clasterfobia de claustrofóbica. No conocimos la palabra, esa sensación, hasta que mi hija se lo vio a mi hermana y cuando estaba saliendo por la puerta, nos preguntó: «¿Por qué le ha dado la Clasterfobia?»
En estos tiempos de confinamiento, el otro día hablando con mi hermana de esto y de lo otro, lo trajo a la conversación. «Dile a Laia que este va a ser un buen entrenamiento contra la la Clasterfobia«. Así que se lo dije y de allí, entre varios pues-prodíamos… surgió la idea de crear una lista de canciones para este tiempo que nos está tocando vivir.
Lo hice y lo compartí con ella, también en casa y con La Familia. En el grupo de WhatsApp de los Ardanaz (supongo que todos tenemos el nuestro, ¿verdad?) llevamos los hermanos y sobrinos (¡y hasta el nieto, aka: Tamagotxi!) proponiendo temas para esta lista. Mención especial a Pilar, no sólo con alguna canción, sobre todo por el soporte que me da, en todo este tiempo también.
Puede que os pase como a mí y mis hermanos y sea una nave que nos lleva a nuestra infancia y juventud compartida en aquel piso de Añorga Txiki. Al final, su propósito es ese: compartir barquitos de papel en forma de canciones. Si a alguien le sirve tanto como a nosotros para salir, estar fuera, andar, andar y andar en estos días raros; si os ayuda a enfriar y aligerar este aire denso que nos rodea, yo me doy por satisfecho.
La lista es colaborativa y pública. Os confieso que, aun siendo una tontería enorme y nada original, a mí me hace mucha ilusión compartirla y que la hagamos nuestra. O no, que todo puede ser.
Debo ser la única persona en Mallorca que sonríe. Llega la primera lluvia y cae fina. Tal vez por eso sonría más. Es lluvia que moja despacio y constante; que hace charcos en las imperfecciones de la acera. La veo, la oigo, la huelo, la siento.
Me lleva a otras lluvias. A las cantábricas. Aunque sé que sólo es mi deseo, porque no es un cortina húmeda, porque no se mezcla con el yodo de las olas que saltan. Pero es lluvia que viene con aire fresco que revive mis pulmones. Es lluvia que me lleva a esa morriña que alegra, que me imbuye en algo que es parte de mí.
Clanes, tribus, familias. Durante mucho tiempo, casi todo el tiempo, hemos pertenecido a un clan, una tribu, una familia. ¿Y ahora? Ocurre igual, pero es distinto.
Incomprensión…¿por qué?
Lo que antes eran cotos cerrados y heterogéneos de nómadas, ahora son pequeños grupos, también aislados y que se asocian de manera homogénea. Una familia se movía junta. Padres, hijos, abuelos, hermanos. Todos juntos formando una familia, que junto a otras familias formaban una tribu y estas un clan. En ese ambiente, la crianza era completa. Los niños tenían siempre a sus progenitores cerca y también a toda su familia. La seguridad de poder salir a explorar sabiendo que, de no perderse, volverían siempre que quisieran al regazo y al calor de la familia.
No es así ahora. No nos lo permiten nuestras obligaciones y ya no somos esa familia heterogénea que se mueve unida. En su lugar, creamos grupos independientes y escasamente interrelacionados. Todo es más abstracto, más figurado…pero un niño es un niño y le cuesta superar los miles de años de evolución para adaptarse a los decenios de “involución relacional”
“Algo estamos haciendo mal”, me decían hoy. Sí. Algo estamos haciendo mal en esta sociedad. Esta es la vida que nos toca vivir y eso apenas podemos elegirlo, mas sí el cómo vivirlo.
Al atardecer todas las gaviotas vuelven a Monpás. Todas, menos una.
Juan Salvador sentía que la vida era más que vivir con la bandada en el acantilado y luchar por la comida. Sentía que volar servía para más que para solo planear en busca de peces o carroña de los barcos. Sentía que una gaviota estaba destinada a algo más que comer, procrear, no cuestionarse y ser uno más en la bandada. Miguel Rizador Gaviota, se vió cautivado por las ideas de su amigo. Le gustaría ser como él y empezó a decirse esas mismas cosas sobre el propósito de la vida, pero no lo sentía. Pensaba que estaría muy bien sentirlo y para ayudarse a creérselo, empezó a mirarse a sí mismo con misticismo y a calificarse con grandes conceptos. Esos que son intangibles y sobre todo no mesurables por el resto de las gaviotas. Miguel Rizador Gaviota se decía poseer más dimensiones, se describía con una sensibilidad rozando lo divino y juzgaba a sus iguales como gaviotas huecas, temerosas de su realidad y de soñar. Su se dividía entre lo que era y lo que quería ser. Lo que no parecía percibir Miguel Rizador era que mientras Juan Salvador luchaba por mejorar y aprender sin pretender dar lecciones a nadie, él era uno más en la bandada preocupado por el qué dirán y sintiendo en el fondo que lo que quería era una vida simple que su personaje y anhelo negaban, proponiéndose como una gaviota superior a las demás. Se convertía en lo que en realidad era: la vida de una gaviota que se relaciona con sus iguales, que sacia sus necesidades básicas y es aceptado por los demás. Su personaje de divo le alejaba de su esencia sin él reconocerlo. Juan Salvador alcanzó el cielo de las gaviotas mientras que Miguel Rizador siguió en el acantilado, donde murió como una carroñera creyendo que era la esencia intangible de la Gaviota pura.
Paro a preguntar por la panadería y en el bar me dicen que está cerrada hoy. Me quedo a comer en Villa María. María es una señora mayor y hastiada que escribe el menú del día con rotuladores de colores. Busdongo es un pueblo de montaña, de personas sencillas, recias. Ella me dice que aprovecha los rotuladores, que se le secan y los quiere aprovechar. «Puede llamarle ‘Menú de Colores’«-le digo, y por primera vez levanta la vista para posarla en mis ojos. Sonríe. «Siempre, toda mi vida me han gustado los colores«-me devuelve ya con ternura. Sí. Le gustan los colores. Se quita el delantal y bajo él hay una florida camiseta, una falda por debajo de las rodillas y unos zuecos modernos de color naranja.
Como puerros con cabrales (que no da tanta risa) y fabada. De postre arroz con leche y un café. Hablamos de pan, de masa madre y toma mi receta. «Seguro que lo haré antes que tarde«-me confirma-«le diré cuando regrese cómo me ha salido»
Su vida era la de una persona media, en una familia media y una ciudad media. En algún aspecto podía salirse de esa mediocridad, pero en su media, era claramente un tipo normal.
Fred dejó de ser normal
Al nacer cayó en una familia normal. Era la que le había tocado y a veces se sorprendía de las excentricidades de las otras familias del vecindario. Había algunas familias con dos padres. Otras con sólo un hijo. También las había que profesaban religiones exóticas y distintas a lo común. ¡Había hasta familias de personas sin hijos y algunos tenían sus casas en propiedad! Unos excéntricos, vaya, minoría en el barrio.
Su escuela era normal. Una normal escuela de barrio con 2 ó 6 alumnos por curso que, con normalidad cerró y mandó a los 8 niños a otra escuela normal de otro barrio donde había más niños. Estudiaba poco y jugaba mucho. Lo normal.
Su ciudad era normal. Tenía mar, calles limpias, gente pulcra y normalmente estirada. En la ciudad todo era normal. Desde los altos precios de los servicios públicos, así como los privados. Los ciudadanos, en un alarde de normalidad, los pagaban así, con normalidad. Eso era lo normal.
Así pues creció nuestro amigo. Se empapó de lo normal y común que es la vida. Y la vida le hizo viajar y al viajar empezó a ver que lo que él creía normal, para otros era especial, espectacular, sublime, insoportable, soso, amargo… Nunca normal. Fue cuando pensó: «¿Será que lo que yo pensaba que era normal no lo es?»
Fred era una rana macho que fue introducido en una probeta. El experimento consistía en calentar el agua poco a poco hasta llevarla a ebullición. ¿Qué haría Fred? Fred murió cocido. Todo iba siendo normal para él y cuando se dio cuenta de que algo no lo era, ya fue demasiado tarde. Murió cuando certificó que lo normal no era lo mejor para él.